Octubre del infierno: en mil cosas y en todas partes

Octubre, Buenos Aires, 35ºC de calor.

Calor extremo.

Calor seco.

El sol me quema la piel como si fuera un vampiro.

*

Casi 10 horas después de mi llamado, suena el timbre de mi casa a las 7:30 de la mañana – una sola vez y con cautela por parte del dedo que lo presiona – para subirme a una ambulancia rumbo al hospital. Con mucho sueño y escalofríos, me subo. Abrigada de más pero todavía con frío. Y una falsa sensación de hambre por el goteo nasal posterior producto de la rinitis.

– ¿Estás bien, Agustina? ¿Te prendo el aire?

*

Cuando era chiquita, una vez mi viejo me explicó que Dios estaba en todos. Que Él se encontraba, parcialmente, en cada una de las personas sobre la tierra. Me acuerdo lo disparatada que me resultó esta idea, pero la creí. No sé cómo, pero terminé decidiendo que yo tenía la oreja de dios en mi. Cual si lleváramos esa medallita que de niñes compartíamos con amigues, Dios sería una graaaan medalla que estaba partida en mil partes.

*

Ahora que el final del mundo ya pasó, esas frases que se escuchaban en las calles, del estilo de: «ahora que tenés / tenemos tiempo podés hacer… » ya no se escuchan. Ahora todo es bien distinto. El mundo definitivamente no se acabó y la alienación ciudadana por correr atrás del tiempo que se va volvió con toda la fuerza. Un poco potenciada por la crisis económica que atraviesa la sociedad.

Las agendas estallan de pendientes. De reuniones. De cumpleaños. De cenas. De compras por hacer. De cosas por pagar. De viajes futuros. De proyectos. Hay que hacer, hacer y hacer. Hay que hacer por lo que no se hizo. Hay que hacer porque no se sabe si mañana se acaba todo.

Me pregunto, en esos momentos en que las agendas arden, ¿dónde estamos nosotrxs?

Y además, ¿dónde está nuestro eje? ¿Acaso lo seguimos conservando? ¿Estamos en ecuanimidad?

*

He conocido personas que hasta tienen 3 agendas diferentes para las escasas 24hs del día, distribuidas en cada una de las 7 jornadas de la semana. Una era la agenda profesional, la otra la personal y una tercera de misceláneas.

He conocido personas que a las 11 de la noche estaban todavía por comenzar a hacer una gran cantidad de cosas, incluida una práctica intensa de actividad física.

He conocido personas que saltean sus comidas en horarios de trabajo porque no les resulta productivo.

He conocido personas a las que les demandan que estén casi 15hs al día pendientes de su trabajo, y que, en simultáneo, revisaban las aplicaciones de citas cual si fuera una casilla de entrada laboral.

He conocido personas del ámbito de la salud, descuidando su salud mental por no poder planear sus horarios semanales.

He visto gente romperse en llanto por no poder más, por no ser una máquina que todo lo puede. Por ser imperfectxs.

He presenciado la renuncia de un inversor a su propio proyecto, por no poder satisfacer las demandas del mismo.

*

Vuelvo a preguntarme. Vuelvo a preguntarte. ¿Dónde estamos?

¿Estamos selectiva y enfocadamente en cada una de esas cosas mientras las hacemos, o bien estamos multitaskeando, con la cabeza medio por dos cuadriculada y con cientos de casillas, una por cada pendiente?

*

¿Dónde quedamos entre tantas cosas por hacer?

*

¿Dónde queda nuestra emocionalidad entre tanta racionalidad?

*

¿Realmente necesitamos estar haciendo constantemente tantas cosas para sentirnos satisfechxs?

¿Por qué estamos siempre corriendo?

¿Hacia dónde vamos?

*

La otra noche entre vinos con un amigo, me comentó de su reciente mudanza. En su nuevo espacio, cuenta con un balcón terraza donde nada ni nadie puede molestarlo.

Al principìo, me confesó, se sentía incómodo al ir a la terraza, sentarse y no hacer nada. Enseguida su mente de vaca/mono atolondrado se ponía a desvariar y rumiar.

A medida que transcurrían los días, y avanzaba con el orden en su casa nueva, siguió subiendo a la terraza.

Actualmente, varias semanas después, puede estar ahí y sencillamente estar. Sin hacer. Disfrutando el arte de no-hacer. Y… por momentos, de no-pensar.

*

La realidad es que me pareció una anécdota hermosa, a pesar de que luego retomó una idea que hace un tiempo me había comentado. La de planear tener hijxs con su pareja de hace muchos años. La de resignar su deseo de viajar por el no-deseo de ella. Las idas y vueltas, los malos tratos y los buenos ratos. En fin… las cosas que suceden en cada mundo vincular.

Debo confesar que me deja bastante perpleja la capacidad de planeamiento y visualización de algunes de mis amigues, que teniendo su primer espacio hace pocas semanas pueden apostar así de grande al futuro, hablando de nuevas vidas en el medio.

Ahora él, por ejemplo, ya no se preocupa en la terraza, pero cuando baja de ella, piensa en cuántos turnos va a tener que cubrir por mes para afrontar los nuevos gastos.

*

Y es así que, retomando la idea del comienzo, creo que una de las situaciones que nos lleva a estar siempre haciendo más y más cosas es el capitalismo. Es el deseo de consumir interminable que nos inyecta el sistema. Siempre estamos queriendo más. Simpre estamos insatisfechxs.

Pero, haciéndole contrafrente a esta premisa que nos enferma, ¿puede ser que ya estemos bien con lo que tenemos?

*

Si descuidamos la mente en el frenesí, corriendo permanentemente, el cuerpo va a verse perjudicado. «El estrés escapa por donde puede, siempre encuentra una válvula» – dijo una vez uno de mis médicos.

Podemos utilizar el modelo biologicista de epigenética, contemplando dos variantes como causales de todo proceso: la genética y el ambiente.

Supongamos que nuestra mente (nuestro microambiente mental) está muy fuera de eje.

Unas noches sin dormir bien, unos días sin comer alimentos de calidad, el cuerpo sin liberar endorfinas, la respiración sin ser consciente, unas jornadas con un desbalance de lo personal en pos de lo laboral, quizás algún cambio de clima, alguna pérdida, algún evento imprevisible…

Nuestro sistema inmune se va debilitando, nuestras murallas se van cayendo… y entonces, cualquier bicho del ambiente que nos rodea (macroambiente externo) antes considerado indefenso, se vuelve un patógeno, un peligro para nuestro organismo. Su genoma, su carga genética, comienza a expresarse usando nuestras propias células, y así, debuta una infección viral. Voi-là.

No olvidemos nunca que la díada mente cuerpo es una formación maravillosa y aloja una cantidad de información increíble. Que se necesitan mutuamente en óptimas condiciones para poder alcanzar lo que deseamos. Para poder expresar lo que pensamos y sentimos.

Que nunca me falte la fiebre y el no-hacer para poder hacer estas reflexiones.

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