Lo primero y lo último

Unos minutos antes de irte me miraste y, dubitativo, preguntaste: «¿Puedo dejar mi cepillo de dientes?». Después de vernos gran cantidad de veces en poca cantidad de días, parecía algo esperable. Me apuré a decir que sí, mientras internamente sabía que no estaba cómoda con ese movimiento. Algo en mi lenguaje corporal te hizo saber que la respuesta era un no, por lo que decidiste mejor no dejarlo.

Varias semanas más tarde, me sentí cómoda para dar ese paso.

Unos meses después, me obsequiaste tus llaves. Lo cual me resultó desconcertante, ya que para mi las llaves no se regalan, se prestan.

*

Unos días antes de uno de nuestros aniversarios, discutimos fuertemente.

Unos meses más tarde, nos devolvimos nuestras llaves como paso final de la separación. Vos tiraste mi cepillo y yo, después de muchas idas y vueltas, tiré el tuyo.

*

La mitad de mi casa me recuerda a vos. Y lo que más me duele, es lo que nunca vamos a ser. Aquellos proyectos truncos.

*

No sé por qué, cuando me mudé a esta casa, te di el juego de llaves que mejor andaba. Hoy, cuando abrí la puerta principal con tus (mis) llaves, lo re-confirmé. Sentí placer de volver a tener en mis manos la mejor versión.

Y así como las llaves, varias veces es más fácil dar lo mejor de uno a los otros, que dárselo – en vez – a uno mismo.

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